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LOS ARMENIOS, UNA TRIBU QUE SOBREVIVIÓ A IMPERIOS Y DESAPARICIONES
Mucho antes de que Armenia fuera una nación reconocida, existió un pueblo originario que no necesitaba fronteras ni banderas para saber quiénes eran. Se autodenominaban hay y, aunque el mundo los conoce como armenios, son una de las comunidades indígenas más antiguas aún vivas de Asia Occidental. Su existencia se remonta a más de 4.000 años y su linaje es tan profundo que, según varias fuentes históricas y genéticas, podrían haber convivido con civilizaciones como los sumerios y los hurritas. Sin embargo, a diferencia de esas culturas ya desaparecidas, ellos lograron mantenerse en pie, resistiendo invasiones, genocidios y cambios geopolíticos brutales.
Lo curioso es que, aunque hoy se asocian con un país moderno, su origen es el de una tribu montañesa, dueña de un idioma único, un alfabeto inventado especialmente para preservar su fe y su identidad, y una espiritualidad ancestral que sobrevivió incluso a la cristianización masiva. Muchos no saben que fueron uno de los primeros pueblos en adoptar oficialmente el cristianismo en el año 301, pero aún conservan prácticas que mezclan ritos paganos, respeto a la naturaleza y creencias propias de tiempos mucho más antiguos. Incluso algunos de sus bailes, como el Yarkhushta, contienen movimientos que se cree derivan de rituales guerreros previos a cualquier religión organizada.
Sus tierras, ubicadas en la región del Cáucaso, han sido deseadas por imperios persas, romanos, bizantinos, otomanos y rusos. Pero ellos, tercos como sus montañas, nunca cedieron del todo. En los siglos oscuros del dominio otomano, mantuvieron viva su cultura en aldeas escondidas, monasterios excavados en roca, y en canciones que solo se cantaban al oído por temor a la persecución. Lo más impresionante es que, aún tras el genocidio armenio de 1915, donde se estima que murieron más de un millón y medio de ellos, la tribu armenia no desapareció. Se dispersó por el mundo, pero se llevó consigo sus símbolos, sus bordados, sus comidas y una profunda conciencia de su origen.
Incluso hoy, fuera de Armenia, hay armenios que viven como sus antepasados: en pequeñas comunidades en Siria, Irán o Turquía, hablando dialectos casi extintos, cuidando iglesias que parecen sacadas de otro siglo, y conservando apellidos que narran genealogías completas. En muchas de estas familias todavía se transmite de forma oral el relato tribal de sus orígenes: que no descienden de ningún imperio, sino de las montañas mismas, de una tierra que nunca ha dejado de latir bajo sus pies.
Conocer a los armenios no es solo leer sobre un país; es descubrir a una tribu milenaria que aún guarda los códigos de un mundo anterior al mundo. Cada símbolo de su alfabeto, cada piedra tallada en sus khachkars (cruces armenias), cada receta de dolma o lavash, cuenta una historia de supervivencia. Y aunque hoy se mezclan con la modernidad, basta escuchar sus canciones más antiguas o asistir a una misa en Etchmiadzin para entender que los hay siguen vivos, tan indígenas como lo fueron hace milenios.

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