Mucho antes de que el mundo hablara de estrés postraumático, ya existían pueblos que entendían el peso invisible que deja una guerra. En algunas culturas africanas, cuando un guerrero regresaba del campo de batalla, no era recibido de inmediato por su comunidad. Primero debía pasar un tiempo —a menudo tres lunas— bajo el cuidado de un chamán. No era castigo ni aislamiento. Era sanación. Se creía que el alma regresaba herida, desequilibrada por el caos. Y para que pudiera reintegrarse en armonía con la tierra y con los suyos, debía ser purificada. Uno de los rituales más antiguos consistía en aplicar cuernos sobre la piel para extraer la "sangre estancada", una forma ancestral de ventosas, que los colonizadores llamarían más tarde “la ventosa africana”. No era solo medicina. Era símbolo. Una manera de liberar no solo toxinas, sino también el dolor mudo que deja la violencia. Hoy llamamos a...
LA SALIVA de la ENFERMEDAD DEL BESO... Primero fue solo un cansancio raro… como si algo estuviera drenándome la energía desde adentro. Todo comenzó después de una fiesta. Había muchos besos, vasos compartidos, risas… y sin saberlo, también hubo un pequeño virus esperando su oportunidad. Días después, me sentía agotado. Dormía 10 horas y aún así despertaba con el cuerpo pesado, sin ganas de nada. Me dolía la garganta como si tuviera clavos al tragar. Las amígdalas estaban inflamadas, casi chocaban entre sí. Pensé que era una faringitis, o tal vez una gripe fuerte. Pero no mejoraba. Tenía fiebre constante, sudores nocturnos, y un cuello tan inflamado que parecía tener bolas bajo la piel. Me asusté. Fui al médico. Analíticas. Examen físico. Y luego vino el diagnóstico: Mononucleosis Infecciosa, también conocida como la “enfermedad del beso”. Un virus llamado Epstein-Barr se había alojado en mí, atac...