A veces, estar en el lugar equivocado cambia el rumbo de tu vida. Y otras veces… cambia también el rumbo de la ciencia. En 1822, Alexis St. Martin, un joven comerciante de pieles en Canadá, fue víctima de un accidente absurdo: un disparo de escopeta a quemarropa le perforó el abdomen, dejándole un agujero abierto del tamaño de una mano en el estómago. El médico del fuerte, William Beaumont, acudió de inmediato. Trató de curarlo, pero la herida no cerraba. St. Martin no podía retener los alimentos: todo salía por el agujero. Durante un tiempo, fue alimentado incluso por vía anal. Entonces, Beaumont vio algo más. Vio una oportunidad. En esa época, la ciencia debatía si la digestión era un proceso mecánico —como una especie de trituración— o químico. Y justo allí, frente a él, tenía un estómago humano vivo, accesible… listo para observar. Durante los siguientes diez años, el doctor realizó más de 200 experimentos con St. Martin. Le colgaba trozos de carne sujetos con una cuerda directamen...
No surgieron en un gran teatro, ni en la mente de un compositor genial entre instrumentos dorados. Su origen está en un canto antiguo, escrito por Pablo el Diácono, dedicado a San Juan Bautista. Un himno humilde, pero con un secreto escondido en su primera línea: UT queant laxis REsonare fibris MIra gestorum FAmuli tuorum SOLve polluti LAbii reatum Sancte Ioannes. Cada verso comenzaba con una sílaba distinta. Y cuando Guido d’Arezzo, en el siglo XI, buscaba una forma de enseñar música de manera clara y precisa, vio allí un patrón perfecto. Con esas sílabas creó el sistema que aún usamos para cantar y leer melodías. Un detalle curioso: originalmente era UT, no DO. Pero en 1600, Giovanni Battista Doni decidió cambiarlo por DO porque era más fácil de pronunciar, más abierto, más musical. Así nació el lenguaje universal de la música: no en un laboratorio, ni en una corte imperial, sino en un himno medieval que los monjes jamás imaginaron que cambiaría al mundo. Cada canción que escuchamos ...