Imagina que estás ante la reina. Te pide una simple prueba de inocencia: tragarte las pieles de tres pollos crudos. Lo intentas. Una... dos... y cuando vas por la tercera, no puedes más. Vomitas dos. “¡Culpable!”, grita ella. No hay defensa posible. Solo muerte. Así funcionaba la justicia bajo el reinado de Ranavalona I de Madagascar, una de las mujeres más temidas y letales de la historia.
Nacida como Ramavo en 1778, fue adoptada por la familia real tras una antigua deuda de honor.
Más tarde se casó con el heredero, Radama I, un reformista que intentó abrir el reino a la influencia europea. Pero cuando Ramavo vio su oportunidad, lo envenenó lentamente y tomó el poder en 1828. Lo que siguió fue un régimen de purgas, torturas y terror.
El sobrino del rey fue atravesado por lanzas. La hermana de Radama murió de hambre en prisión. Cientos de nobles y familiares corrieron la misma suerte. Ranavalona expulsó a diplomáticos y misioneros, mandó ahorcar a los que se quedaron y ejecutó a otros en la catedral principal.
Reinstauró antiguas prácticas de castigo público. Crímenes, herejías y hasta impagos de impuestos se castigaban con ollas de agua hirviendo, hogueras, entierros en vida o trabajo esclavo. Se estima que tres de cada cuatro habitantes de su reino murieron durante su gobierno: más de 2,5 millones de personas.
Y cuando parecía que no podía volverse más extrema, llegó la famosa "caza del búfalo" en 1845: ordenó a 50.000 súbditos adentrarse en la selva para cazar búfalos salvajes. No se cazó ni uno. Pero 10.000 personas murieron durante la travesía, víctimas del agotamiento, la malaria y el hambre.
Ranavalona I reinó durante 33 años, desafiando invasiones extranjeras, aplastando disidencias internas y dejando un legado de sangre. A menudo olvidada en los libros de historia, su nombre debería figurar entre los más oscuros de todos los tiempos. Porque, con su sola voluntad, convirtió a todo un reino en un campo de exterminio.

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