Cuando los supervivientes lo encontraron, no podían creerlo: Baci seguía de pie.
El arma quedó incrustada, y los médicos, temerosos de que se desangrara o perdiera masa cerebral, optaron por serrar los extremos de la lanza en lugar de extraerla. A pesar del dolor constante, el noble vivió un año más, lo suficiente para hacerse retratar y dejar testimonio de su increíble resistencia.
Durante siglos, muchos dudaron de su historia, hasta que en 1848 el destino repitió la hazaña. Un capataz estadounidense llamado Phineas Gage sobrevivió a una barra de hierro que le atravesó el cráneo por completo. Gage perdió un ojo, pero vivió doce años más, confirmando que lo que una vez pareció imposible… podía suceder.
Ambos casos siguen recordando una verdad inquietante:
El cuerpo humano es un misterio.
Algunos sobreviven a lo impensable; otros se apagan por una simple herida.
La vida, al final, es una lotería biológica donde ni la lógica ni la fuerza garantizan el mañana.

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