En el verano de 1518, la ciudad de Estrasburgo, entonces parte del Sacro Imperio Romano Germánico, fue escenario de uno de los episodios más enigmáticos y desconcertantes de la historia europea: la llamada “Epidemia de baile”, un brote de lo que los cronistas denominaron coreomanía o “locura danzante”.
Todo comenzó con una mujer, Frau Troffea, quien una mañana salió a las calles y comenzó a bailar sin música ni motivo aparente. Su cuerpo se movía sin control, como si una fuerza invisible guiara sus pasos. Los vecinos la observaron con desconcierto, pero al día siguiente, otros se unieron a su extraño frenesí. En menos de una semana, decenas de personas bailaban junto a ella, exhaustas, deshidratadas, sin poder detenerse. Para finales del mes, las crónicas registraron cerca de 400 bailarines, todos atrapados en un trance colectivo.
Las autoridades locales, convencidas de que la única cura era dejar que el fenómeno siguiera su curso, contrataron músicos y habilitaron espacios para que los afectados continuaran danzando. Sin embargo, lo que comenzó como un intento de alivio se convirtió en tragedia. Los cuerpos caían uno a uno, víctimas del agotamiento, los derrames cerebrales o ataques cardíacos provocados por el esfuerzo inhumano.
Los registros contemporáneos no ofrecen una explicación definitiva. Algunos médicos atribuyeron el fenómeno a una “histeria colectiva”, una reacción al hambre, las enfermedades y el estrés de una población devastada por la pobreza y las epidemias. Otros culparon a un hongo alucinógeno (ergot) presente en el centeno, capaz de provocar convulsiones y delirios. Y para muchos religiosos de la época, aquello era un castigo divino, una posesión enviada por San Vito para purgar los pecados de la ciudad.
El brote cesó tan misteriosamente como había comenzado. Pero la huella de aquel baile frenético perdura como un recordatorio de lo frágil que puede ser la mente humana frente a la desesperación colectiva. Durante siglos, la coreomanía siguió apareciendo en distintos lugares de Europa, cada vez con menos intensidad, hasta desaparecer por completo.
Hoy, los historiadores la estudian no como una locura, sino como un síntoma del sufrimiento social y psicológico de una época que, entre pestes y guerras, buscaba escapar de su propia miseria, incluso si eso significaba bailar hasta morir.
Para algunos, la única manera de sobrevivir al dolor de vivir.

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