En la cima helada de Kargil, en 1999, indios y pakistaníes se enfrentaron en una de las guerras más duras de la historia reciente del subcontinente. India salió victoriosa, pero lo que sucedió después reveló una lección aún más profunda que la propia batalla. El gobierno de Pakistán, derrotado y humillado, se negó a reconocer a muchos de sus soldados caídos. Negó que fueran parte de su ejército y los llamó "insurgentes". Rehusó recibir sus cuerpos. Fueron entonces los propios soldados indios, sus adversarios, quienes asumieron ese deber. Los enterraron con honores militares completos, siguiendo los ritos islámicos, con el respeto que merecen los muertos. No por amistad ni por conveniencia, sino porque la dignidad humana trasciende la frontera, el uniforme y la bandera. Ese acto silencioso mostró que el honor no siempre se mide en victorias, sino en la capacidad de respetar incluso al enemigo cuando ya no puede defenderse. Los soldados indios hicieron lo que el propio gobier...